viernes, 17 de abril de 2015

Un reloj desconocido

Allá por el año 2011, mi reloj biológico se puso a pitar con insistencia. La culpa: una preciosa niña de nombre Ania que me enamoró en el mismo instante en el que nació.  De no gustarme los niños pasé a desear tener uno en brazos y achucharlo, ahogarlo a besos. ¡No me lo podía creer! ¡Qué cosas más raras me estaban pasando! 
El dichoso reloj no se callaba ni un instante. Era pesadísimo. Hasta mi esposo, Raúl, decía que no podía seguir soportando su estridencia. Haz que se calle, por favor, me repetía. Y es que, claro, él ya sabía lo que era la paternidad. No es que tuviera un hijo, no, tenía… ¡dos!
 Miguel y Andrea, se llaman. Y como una estrella rutilante de Hollywood, ¡de mujeres distintas!  Claro, y yo a joderme, le dije. No sé si fueron estas palabras o que, tal vez, no tenía ganas de seguir escuchándome que al final, aceptó.
Solo qué… había un problema. No pequeño, por cierto. La edad. La mía. Porque la de él no importaba, era así de injusta la cosa. Cuarenta y tres añazos tenía yo, que se dice pronto…
Es en este tipo de cosas en los que creo que la naturaleza no es sabia. Al menos en mi caso. Cuando, por edad, hubiera podido ser madre sin problemas, mi cabecita loca no estaba preparada. Tenía muchas otras cosas que hacer. Demasiadas. Y justo cuando me encontraba un poco, solo un poco, con la cabeza amueblada…¡era mayor para ser mamá! Él, en cambio, con cuarenta y seis, era jovencísimo. ¡Era para morirse! Y no de la risa, precisamente.

Así que la cosa no estaba en ponernos a follar como locos. Qué eso, también. La cosa era ponernos en manos de médicos. Y eso hicimos.