martes, 19 de septiembre de 2017

Siempre se van los buenos

Si algún politicucho de los de ahora se fijara un poquito en ti,en tu lucha, en tu trabajo por el pueblo, por mi pueblo, el mundo sería un poquito mejor.
Siete años sin ti. Aragón está, desde entonces, un poco más solo, más triste... Un beso al cielo para ti, mi querido Labordeta.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Yo elijo

—Pues yo ahora quiero ser romana.
— ¿Y eso por qué?
—Pues porque me da la gana.
—Pero si tú eres maña hasta la médula.
—Ya, pero puedo demostrar que hace como 14 siglos antes de que naciera Cristo, la ciudad donde yo nací, Zaragoza, era romana. Y lo sé porque lo veo.
— ¿Dónde?
— ¿Pues dónde va a ser?
—…
—Lo veo en su muralla, en su teatro, en las termas… Y encima sé que mi ciudad tuvo el privilegio de llamarse como su fundador: Caesaraugusta.
— ¿En serio se llamaba así?
—Sí, que lo pone en los libros de historia. Y a mí, oye, me gusta leer historia. Historia de la antigua, de la buena, de esa que está sin manipular.
—Pues casi que me has convencido. Yo he nacido en Cartagena, ¿qué me puedo pedir?

—Pues tienes bastante donde elegir…

domingo, 27 de agosto de 2017

Reflexiones de domingo

Nací en Aragón, antiguo reino  histórico de la península Ibérica, en la ciudad de Zaragoza, llamada Caesaraugusta por  los romanos  y Medina Albaida por los árabes, siendo entonces la época de mayor esplendor de la ciudad.
 Soy de izquierdas. También atea.
Ser de izquierdas no me convierte en propulsora del terrorismo. No amparo a esos que en nombre de un Dios inexistente nos están asesinando,  pero defiendo la necesidad de acoger a los refugiados.  Ahora bien, es necesario hacerles entender que el Islam no tiene cabida en Europa. Tienen que comprender que nuestros valores no son los suyos. Que recen a sus dioses, que se vistan como quieran si lo hacen libremente y mientras no oculten su rostro,  pero aquí, en Europa, no se practica la ablación, tampoco se lapida a las adúlteras o se margina a las víctimas de una violación. Por poner unos ejemplos.
Y si no les interesa, pueden irse. O no venir.
Así qué, señores de la derecha, no me acusen de los atentados por ser de izquierdas, así como yo tampoco les acuso a ustedes. Los asesinos son ellos, los terroristas. Los que matan en nombre de Dios. Porque yo como atea creo que todas las religiones son nefastas, pero así como el cristianismo ha evolucionado después de sembrar el terror, los islamistas siguen anclados en la negrura de la Edad Media, aunque por entonces, los musulmanes eran más cultos, gente capaz de convertir mi ciudad en un referente cultural.
Soy de izquierdas y creo en la unidad de España. Soy aragonesa, repito: aragonesa.  Y española. Porque Aragón está en España, no en ningún “paiso catalán”.   Hablo español porque es el idioma de mi nación y no quiero que se me imponga el catalán, porque no es mi idioma. Admiro a los que no han perdido su lengua y la utilizan, pero no a aquellos que la utilizan para separar.
Así que sí, soy de izquierdas y atea. Y condeno a los islamistas porque el Islam no es una religión de paz. Ninguna religión lo es.
Y soy española aunque sea de izquierdas. Es compatible, de verdad.


lunes, 17 de julio de 2017

La decisión

Nada más entrar en mi calle escucho la palabra: asesinato. No pienso nada, vivo en un barrio conflictivo y aunque los crímenes no son habituales tampoco tienen nada de extraño. Alguna riña de drogadictos, pienso.
Un coche de policía, una ambulancia y varios curiosos hacen la calle impracticable, pero atrapada por la curiosidad me mezclo entre el gentío con la intención de preguntar. Las palabras se me quedan trabadas en la boca cuando del portal colindante al mío veo dos enfermeros portar una camilla con un cuerpo tapado. No me hace falta verle la cara.
Sé quién es.
Un mechón de pelo rojo se ha escapado de la mortaja y como si de una llamarada se tratase el reconocimiento del cadáver me golpea el cerebro.  Solo hay una persona en el barrio que posee ese tono de cabello.  
Laura.
Laura, la niña que vi crecer  y cuya figura había comenzado a redondearse apenas un mes antes.
Recordé los gritos de Simón, mi  hijo.  Una noche, en mi casa, discutieron por el niño que venía en camino. La eterna cuestión: ella quería tenerlo, él no.  Yo, cobarde, no dije nada aunque mi sentimiento estaba con Laura y mis ganas de que tuvieran al bebé se quedaron mudas ante los deseos de ese hombre egoísta que era mi hijo.
Sí, callé.
Ahora miro el cuerpo sin vida de Laura y sé el nombre de su asesino. Me escabullo hasta el portal de mi casa y subo las escaleras apenas sin respirar. Al entrar en el piso el silencio me recibe, y aunque la habitación de Simón está cerrada sé que mi hijo se esconde en su interior. Puedo oler el miedo saliendo por debajo de la puerta.
Si hay alguien a quien he amado ha sido a Simón. Si él desaparece yo me diluiré en la nada, dejaré de existir. Debería protegerlo, mi hijo es todo para mí.
Entonces pienso en Laura y en el bebé que nunca conoceré. Sé lo que tengo que hacer.
Miro por la ventana, la policía sigue en la calle.
Sin mirar atrás bajo en su busca.


lunes, 8 de mayo de 2017

Carta desde la ría



Relato seleccionado para el segundo libro de Vigo Histórico




Querida Isabel:
Hace ya varias jornadas que salimos de la ría de Vigo y nos adentramos en mar abierto, pero mis ojos no han podido olvidar la increíble puesta de sol que ofrece ese venturoso brazo de mar.  Tal vez, algún día, vuestros reales luceros puedan contemplarlo también.
Os transcribo estas líneas para que os quede manifiesto  lo mucho que anhelo veros de nuevo.  Demasiado, tal vez.
Son ya varios los días de travesía y ansío poder tocaros. Ya falta poco para ello. Pronto arribaré en nuestras aguas y cuando desembarque, obviaré a mi esposa e iré a buscaros.  Y lameré vuestro cuerpo para seguido poder penetraros con ansía.
Me río cuando algunas lenguas afirman que sois virgen. No se imaginan el ardor mostrado por vos bajo las sábanas de seda. Tampoco vuestra entrega a mi persona, a veces con sumisión, las más con pasión.  Me gusta tiraros de vuestros cabellos rojos y mancharos la piel, tan blanca, con mi saliva.
Gozáis.
Gritáis.
Y por el placer que os provoco  habéis  tenido a bien encumbrarme a lo máximo que un hombre como yo podía aspirar. Soy un héroe para vos. También para nuestro país. Para otros solo un pirata. Pero no me incumbe el nombre que se me quiera dar. He podido cumplir mi venganza contra los españoles y eso es más de lo que podía esperar cuando, siendo un muchacho de seis años, mi familia y yo tuvimos que huir de nuestro pueblo debido a la invasión de los católicos.
Y los españoles son católicos.
Me repugnan.
Eso, sumado a la humillación recibida por aquellos habitantes de la pequeña villa de Vigo, me enerva. En ese poblacho inmundo,  tan solo tomé prestado todo el ganado vacuno que pude y ellos, sin distinción de clases, edad o sexo, se defendieron de nosotros con tal bravura que tuvimos que huir, abandonando las reses.
Prometí volver.
Para vengarme.
Y así ha sido.
Gracias a vos he podido  cumplir mi venganza contra esos puercos españoles. Y es que vos, mi amada, habéis tenido a bien concederme patente de corso. A cambio, reparto mi botín con vos, pero sé que parte de él lo utilizáis para engrandecer el país y la corona.
Vuestra corana.  
Ha de saber, mi querida Isabel, que nuestras bodegas van llenas de tesoros. Pude darle su merecido a esos gallegos bastardos. ¿Podéis imaginar doscientas embarcaciones, ancladas en cadena, cubriendo las distancias entre las pequeñas poblaciones de Bouzas y Teis? ¿Podeis figuraros a  siete mil hombres prestos a desembarcar para derruir y saquear Vigo? Es, como ya sabéis, la localidad más desprotegida de la costa gallega.
 Sí, sé que podéis visualizarlo. 
Sois como yo.
Sanguinaria y cruel con vuestros enemigos.
Os  hubiera complacido ver como desembarcábamos en el arenal de Coia y en la parroquia de Teis, para así avanzar hacia un  Vigo desprovisto de fortificaciones y murallas. Era la situación perfecta para nuestros planes.
No había casi nadie en la villa, habían huido. Algún resistente quedaba, pero se iban batiendo en retirada, no sin antes dejar algún muerto de los nuestros. Poca cosa. Y entonces comenzó mi verdadera venganza.
Mis hombres quemaron un convento de monjas llamado Los Remedios. Después se cebaron con la iglesia de Santa María y los monasterios de San Francisco y Santa Marta. También el hospital de peregrinos fue sacrificado. El fuego, espeluznantemente hermoso, se extendió por la villa quemando más de doscientas casas.
El desquite estaba cobrado.
Una vieja pasó cerca de donde yo me encontraba y vaticinó mi muerte. Morirás de disentería, me dijo. Después, escupió en el suelo.
Meigas las llaman.
Brujas.
Si creyera en ellas, no se me antojaría una muerte cruel. Peor sería perecer en estas aguas, lejos de vos.
Reembarcamos  las tropas e izamos las velas para salir rumbo Norte. A casa.  Pero no contábamos con viento fuerte del sudoeste.  Dos de nuestros barcos, de vuestra armada, fueron arrastrados  hacia la costa norte de la ria y golpearon  las rocas  sin ninguna posibilidad de rescate. Los aldeanos de Cangas aprovecharon  para atacar e incendiaron los barcos, no sin antes rescatar algunos de los prisioneros  españoles  que llevábamos con nosotros.
Al día siguiente, el temporal seguía con fuerza y arrojó uno de nuestros barcos contra las islas Cies, quedando encallado.  Aunque este galeón no fue acosado, no hubo más remedio que vaciarlo de artillería y después incendiarlo.
Isabel, ya falta poco para avistar nuestras costas y aún no os he hablado del presente con el que quiero obsequiaros. Es la cabeza de un hidalgo de Coia que osó enfrentarnos. Al principio pusimos su testa en una pica y la cubrimos con una cabeza de cerdo. Después lo pensé mejor y la cubrí con una de ternera. Creí, que de esta manera, sería una pieza más acorde con vuestro salón de la Torre de Londres.
 Os gustará.
Pronto yaceremos juntos, mi Reina Buena, mi Reina Virgen.
Francis Drake.

viernes, 21 de abril de 2017

El sueño de Ana



La librería de los Faber estaba  situada cerca de el  Prinsengracht,  un canal en el lado occidental de Ámsterdam.  Adyacente a una casa museo era mi lugar preferido para pasar el día, no solo por mi afición a la lectura sino porque por  algún motivo que no lograba discernir, la cercanía de esa casa
me traía los últimos recuerdos felices de un pasado que, sin ser bueno, fue mejor que los sucesos  que vinieron  después.  En cierto modo era como volver al hogar ya que me hacía evocar momentos compartidos con otras personas que habían padecido lo mismo que yo.
Pero esos instantes intuía que no volverían. 
La librería era grande, con un suelo de madera oscuro que, extrañamente, a diferencia de las pisadas de otras personas, no crujía a mi paso ni acusaba el barro que me manchaba los zapatos.
La librería contaba con anaqueles altos, repletos de libros y polvo. Una escalera  ancha y de cuatro escalones  servía para que los dependientes pudieran alcanzar los ejemplares más elevados. Yo solía sentarme a leer en el primer peldaño de la escalinata y cada vez que los empleados querían utilizarla,  me levantaba para que ellos pudieran subirse en ella.
Nunca me dijeron nada.
Tampoco manifestaron en ningún momento disgusto o recelo cuando cada día cogía prestado un libro de los estantes. En realidad nadie me prestaba atención. Solo, algunas veces, notaba los ojos de la señora Faber fijos en mí.
Me observaba.
Con tristeza.
Y eso me confundía. Yo era feliz leyendo. No entendía el motivo de su pena al mirarme.
Me gustaba leer casi todo tipo de historias, menos las de guerra ya que esas me producían malestar, me agitaban y me hacían dejar el libro sin ningún cuidado en el anaquel. Era entonces cuando alguno de los dependientes se quejaba de frío o se quedaba mirando con fijeza el libro que minutos antes yo había tenido en mis manos.
Con desconcierto.
O miedo, tal vez.
La señora Faber, no. Ella movía la cabeza y musitaba palabras que yo no entendía a la vez que hacía la señal de la cruz en su frente, el gesto de los católicos
Un día, un ejemplar de Mujercitas  cayó en mis manos. El padre de las protagonistas estaba en la guerra y quise dejar el libro con presteza,  me quemaba en las manos, pero una fuerza superior me impidió hacerlo.  Comprendí el motivo en cuanto la autora me presentó a Jo. La formidable Josephine March.
La rebelde.
La escritora.
Y supe que quería ser como ella.
Sí, un día, yo sería escritora y miles, millones de personas, me leerían.
Comprendí que la mejor manera de prepararme para ello era continuar leyendo. Sin parar. Leía, leía y leía. Día y noche.
Un día y otro. 
Sin descanso.
Una mañana de primavera, la señora Faber se acercó a mi escalera. Miró a su alrededor y cuando comprobó que nadie estaba cerca, me habló:
—Ha llegado el momento de que descanses, mi querida Ana.
—No puedo, tengo que prepararme para ser una gran escritora —le contesté.
—Tu sueño ya lo has cumplido, mi niña, ahora debes partir —me dijo con una voz que a mí me sonó a enigma.
Pero también a cariño.
Entonces, se sacó de un bolsillo de su delantal un ejemplar de una novela pequeña y me la tendió. Allí, en la portada, estaba mi foto.  Una niña delgada y morena. Sonriente.
Encima de la fotografía, mi nombre.

Ana Frank.

martes, 14 de marzo de 2017

Cultura Musical

El domingo llevé a mi niño de cuatro años a un concierto para niños. Era de una banda tributo de AC / DC . Al principio parecía que le gustaba, después ya no. Pero eso no quita para que en mayo lo lleve a uno de Queen. Y es que creo que es importante todo de tipo de cultura. Y AC/DC y Queen y un largo etc de grupos son cultura. Además no quiero que con Hugo pase lo que dicen en este artículo. NO. O cómo algo que me dijeron una vez: no sé quien es Freddie Mercury...
http://cultura.elpais.com/…/actuali…/1489322663_407473.html…