martes, 14 de marzo de 2017

Cultura Musical

El domingo llevé a mi niño de cuatro años a un concierto para niños. Era de una banda tributo de AC / DC . Al principio parecía que le gustaba, después ya no. Pero eso no quita para que en mayo lo lleve a uno de Queen. Y es que creo que es importante todo de tipo de cultura. Y AC/DC y Queen y un largo etc de grupos son cultura. Además no quiero que con Hugo pase lo que dicen en este artículo. NO. O cómo algo que me dijeron una vez: no sé quien es Freddie Mercury...
http://cultura.elpais.com/…/actuali…/1489322663_407473.html…

viernes, 6 de enero de 2017

Lo que la Navidad nos trajo



Erik
Me atusé el bigote, sonreí al espejo y  me cepillé las botas. Era el día de Navidad y quería estar presentable ante la llegada inminente de los nuevos inquilinos. Sabía que a ellos no les importaría mi aspecto, pero me gustaba demostrar mi superioridad en cada ocasión que mi trabajo  lo requería.
No es que me gustara trabajar el día de Navidad, pero los residentes llegaban todos los días y no era cuestión de acumular trabajo, me gustaba ser eficiente y cumplir con mi obligación aunque fuera el día en que se celebraba el nacimiento de Jesús. Nuestro Dios.  En cualquier caso, intentaría acabar pronto. Me esperaba una suculenta comida en compañía de mis compañeros y después, tal vez, los brazos de Nadia, la sirvienta.
Elena bajó del tren mirando al frente, altiva. No la reconocí al instante, por supuesto.  Estaba flaca y desmejorada, con ojeras negras que destacaban en un rostro  afilado y pardusco. Pero sus labios, a pesar de estar ajados, conservaban esa forma de fresa que una vez tanto me gustó.   Pero cuando los abrió, tal vez para hablarme, pude vislumbrar unos dientes rotos y ennegrecidos.
No.
Ya no era mi Elena. Aunque su boca se empeñase en indicarme lo contrario.
—Erik… —articuló como pudo Elena. Su voz, a pesar de su altivez, estaba rota. Muerta.
Recordé la última vez que nos habíamos visto.

Elena
Nunca olvidé a Erik. No solo porque mi corazón de niña un día lo amó, tampoco por su nula defensa ante mí cuando sus padres me echaron de su casa. Creo que si Erik se quedó para siempre en mi mente fue por su afán de destrucción aquella noche espeluznante.
Erik era algo mayor que yo y estudiaba en una academia cercana a mi colegio. A veces, me esperaba a la salida de mis clases y me acompañaba a la librería de mis padres, donde mi madre solía obsequiarnos con una gran taza de chocolate y picatostes.  Erik se relamía al ver la merienda y al ver su lengua yo imaginaba que era a mí a quien chupaba. Me preguntaba qué pensaría el puritano de Erik  si supiera lo que mi cuerpo, ya de mujer, anhelaba.
Una mañana, mi padre me dijo que no podía ver más a Erik, que era peligroso, aunque no me explicó los motivos. Yo me enfadé, mis padres no eran intransigentes ni me prohibían cosas, y en un acto de rebelión les dije que en ese mismo instante me iba a verlo. Era el día de Navidad de 1937 y desoyendo las recomendaciones de mis padres que opinaban que no era el mejor día para salir de casa, me fui en busca de mi amigo.

Erik
Llevaba varios días sin ver a Elena, la librería de sus padres estaba cerrada y nadie parecía saber nada de ellos, pero la mañana de Navidad la vi rondando mi calle. Hacía frio, así que la invité a entrar en casa para que se calentara. Decidí invitarla a comer, mis padres no pondrían objeciones, eran unas personas devotas y buenas, que nunca le habían negado el pan a nadie. Por eso me sorprendí cuando mi madre dijo:
—No compartiré mi mesa con una judía —Y clavando sus ojos en mi amiga, continuó: — vosotros matasteis a Cristo y nos gustaría celebrar el día de su nacimiento a solas.  Así qué, por favor, sal de mi casa.
Yo no cuestioné la decisión de mi madre. Sus palabras, así como las de mi padre, eran ley para mí.
No acompañé a Elena a la puerta. Dejé que mi amiga se fuera de mi casa y de mi vida para siempre.

Elena
Cuando la madre de Erik me echó de su casa, caminé despacio, a pesar del frio, esperando oír las zancadas de Erik detrás de mí, incluso imaginé su brazo rodeándome los hombros. Pero esto no sucedió. No volví a verlo en mucho tiempo.
Al llegar a mi casa, mis padres me esperaban preocupados y decepcionados. Me abrazaron e intentaron consolar el corazón roto de una muchacha de catorce años.
La vida más mal que bien continuó para nosotros. Ese año de 1938 a los niños judíos se nos prohibió ir al colegio. Pero lo peor aún estaba por llegar: una noche de noviembre unos exaltados entraron en nuestra librería, destrozándolo todo. Rompieron los amados libros de mis padres y después los quemaron. Uno de esos lunáticos era Erik.

Erik
La Noche de los cristales rotos destrozamos la librería de los padres de Elena. Me ensañé. Podía haberlo hecho con cualquier otra, pero en cada golpe dado descargaba la ira porque me habían robado a Elena. Ella era una judía. Nunca podría volver a ser su amigo. Mucho menos su amante o esposo. Mi sangre no podía mezclarse con la de ella, era lógico, pero ni tan siquiera había probado sus labios…
Esos labios que ahora pronunciaban mi nombre. Supe que si la tenía en el campo, su presencia me atormentaría hasta el punto de besar su boca maldita. Ese beso me llevaría a algo más. Al pecado. Y no podía consentirlo.
No.
Cogí mi arma y, cerrando los ojos,  disparé.

Elena
Esos cristianos que nos acusaban de haber matado a su Dios, se dedicaban a matar judíos igual que lo habían hecho durante siglos. Erik era uno de ellos. Y ahora era mayor, más fuerte, más cruel. Intuí que en esos tensos momentos en que me vio bajar del tren y me reconoció, su cuerpo ardió de deseo. También supe que él y yo nunca nos conoceríamos como hombre y mujer.
Entonces disparó.
Y el cuerpo del hombre que una vez yo había amado, tiñó de rojo la sucia arena de la estación de Auschwitch.
Después, mi destino se entrelazó al de miles de personas cuyos antepasados habían matado a ese Dios que justo hoy, como todos los años, volvía a nacer para demostrarnos su amor.


984 palabras

domingo, 6 de noviembre de 2016

Tus sombras no son las mías


Con este relato me he clasificado en la segunda posición del reto organizado por Territorio de Escritores. Había que utilizar estas palabras: amor, ingratitud, obsoleto, inhóspito, fobia, coctelera, compañerismo, régimen, mágico, mariposa, soñar, calma, confianza, conmoción, cordura, prosopagnosia y estolidez.

En un cuartucho inhóspito y frio de un hospital obsoleto, Fernando recibió un diagnóstico sorprendente: prosopagnosia adquirida causada por una fuerte conmoción cerebral.
Vivir en un país con un régimen militar no era fácil para alguien como él. Era un maricón, un sarasa, una mariposa que despertaba la fobia de sus semejantes y el acoso de las autoridades.
Pensó en  Ramón, un joven de su barrio que olía a linimento de menta y  tabaco. Habían forjado una buena amistad llena de confianza ganada  en la calle y en los sótanos de los billares, a golpe de taco y caladas compartidas.  El compañerismo de los dos muchachos se convirtió en algo mágico que inundó a Fernando de algo desconocido para él: amor. Al principio, había pensado que tal sentimiento tan solo era una estolidez, pero pronto tuvo que rendirse a la evidencia.
En aras de mantener la cordura y las buenas costumbres, Fernando se contentó con soñar con Ramón y, aunque le costaba mantener la calma, nunca le dijo nada.
El tiempo pasó y la vida separó a los dos amigos. Fernando se resistió, pero finalmente siguió su naturaleza y en unos lavabos sórdidos del centro se dejó llevar.  Solía ir los sábados y algún domingo por la mañana.  No era feliz con la situación pero era lo que tenía y se conformaba con ella.
Pero hubo una redada.
Alguien pegó a Fernando en la cabeza a y sintió esta agitarse como una coctelera en el mismo momento que un olor conocido impregnaba sus fosas nasales.
Después, la oscuridad.                         
La puerta del cuartucho se abrió y un hombre de rostro desconocido se acercó hasta él. A pesar de no reconocer las facciones del individuo un fuerte olor a linimento de menta y tabaco le hizo reconocer al instante a su amigo de infancia.
También a su verdugo.            
Instintivamente, Fernando cerró los ojos.
—¡Qué ingratitud! —exclamó Ramón. —Si no fuera por mí estarías en la cárcel en lugar del hospital.
Era el 14 de julio de 1954 y España acababa de incluir a los homosexuales en la Ley de Vagos y Maleantes.              

viernes, 4 de noviembre de 2016

Regreso al hogar


Relato ganador del II Certamen de relatos organizado por Radio Mandala online. El tema sobre el que había que escribir era la muerte.


Regresé al lugar en el que fui feliz, pero no lo hice sola. Me acompañaban mis vecinos, aquellos que vivieron al otro lado del muro en la época en la que el mundo se destruía.
El jardín estaba lleno de maleza  Las begonias, que un día mi madre había cuidado con tanto  amor no existían  y en su lugar languidecían unos cuantos esquejes.
La piscina era un agujero lleno de suciedad e insectos muertos. Y el arenero en el que mis hermanos y yo jugábamos durante horas ya no existía. Tampoco quedaba ceniza.
Pero aún perduraba la puerta. La entrada al infierno. La abertura del jardín  que mi padre atravesaba todos los días para ir al trabajo. El paso protagonista de mis pesadillas.
Porque detrás de esa puerta estaba La Muerte. Una muerte que no daba abasto, que se retroalimentaba, que disfrutaba en su siega. La Parca nunca hubiera imaginado un lugar mejor para extender sus manos y cosechar. Era fácil, le hacían el trabajo un día tras otro, noche tras noche. Durante años.  
Yo admiraba a mi padre sin saber que era un sicario de esa muerte que vivía tras la tapia del jardín. Tardé mucho tiempo en saber que al comandante de Auschwitz, por servir a la muerte, se le remuneraba con techo y comida. Además de dinero. Mucho.
Aunque… quizá cansada de tanto dolor,  la muerte decidió ejecutarlo a él. Yo me marché, pero muchas de las personas que habían vivido allí se me instalaron en la cabeza. Es con ellas con quienes acabo de atravesar la maldita puerta y juntas contemplamos ahora el horror que alguien decidió dejar intacto.

Al comprender la magnitud de lo que allí había sucedido he llamado a la muerte, pero esta no viene.  Ha debido  huir.  Asustada.


lunes, 31 de octubre de 2016

Cosas buenas

—¿Susana Pons?
—Sí, soy yo.
—Te llamo de la Editorial Elvira.
—¡Glups!
—Es sobre el relato que enviaste para el “Vigo Histórico”.
—¡Glups, glups!
—Pues es que lo hemos seleccionado para el libro y nos gustaría que vinieras a la presentación del mismo que será en el Club Financiero.
—Sí, claro…
—Nos gustó mucho. Cortito pero original. Y muy bien escrito.
—Ops…
—¡Enhorabuena!
—…
—Te hemos escrito un mail y te volveremos a llamar para que nos digas con cuantas personas quieres asistir. Además, te regalaremos dos libros y tendrás descuento por si quieres comprar alguno.
—…
—Pues eso, que ¡enhorabuena!
—… gracias…¡Gracias!
Y después voy y leo que de 174 relatos presentados han elegido a 28 y que a ese acto acudirá el alcalde de Vigo. Y yo que no soy gallega, oiga…

domingo, 30 de octubre de 2016

La última melodía




Víctor apretó los parpados y se sujetó la cabeza rapada con ambas manos.  Las sienes le martirizaban y como siempre que esto le sucedía, maldijo al puto ron barato que se veía obligado a beber por su falta de dinero.  El silencio contestó a su grito.
El mar ya no cantaba.
Mientras una arcada le sacudía volvió a escuchar la melodía y entendió que no era el mar quien la entonaba. Era un cante demasiado profundo, como un lamento que surgía del interior de un alma dañada.
Pero al igual que el mar, lo adormecía.
Supuso que era humano.
El quejido subió su tono y espabiló a Víctor, quien decidió ir en busca de aquel sonido, proveniente de las rocas, que de alguna manera lo inquietaba.
Era una niña. Y cantaba como una anciana que lo ha visto todo.
Que lo ha vivido todo.
La niña abrazaba el cuerpo inerte de una mujer. Y sus lágrimas eran el acompañamiento magnífico que su voz necesitaba.
Y Víctor recordó.
Había sido una buena noche. Muy buena.
Había comido, bebido y follado. Después había salido de caza. Había mucha. Cada vez más. Podía elegir a su presa y esta vez se había fijado en una mujer flaca y de ojos vencidos. Se la había llevado sin que ella ni sus compañeros opusieran resistencia. No se habían ido muy lejos. Detrás de las rocas.
No quería su cuerpo. Solo su vida. Quería librar al mundo de la escoria que cada día llegaba a la playa. Y la mujer se había dejado matar, casi lo había implorado.
Miró a la niña a los ojos. Y pudo ver en ellos algo más que el dolor de la chiquilla. Vio el suyo. Aquel que había sentido cuando siendo un niño su padre mató a su esposa.
Su madre.
Víctor tuvo miedo.
Miedo de él mismo. Miedo de su odio. De su ser irracional.
Y comprendiendo que a la noche siguiente volvería a hacer lo mismo se encaminó al mar. Mientras las olas lo engullían, el lamento de la niña lo acompañó en su inmersión.
Después, la paz.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Un collar para sobrevivir


Relato seleccionado para el libro de Mujeres Viajeras.

Dicen algunos viajeros que cuando uno recuerda la ciudad de Chiang Mai, la mente se llena de elefantes y  sombrillas.  De budismo y meditación. De sonrisas y sabores.
De masajes.
Pero no.
No en mi caso, al menos.
Cuando yo evoco Chiang Mai, casi la totalidad de mi cerebro se impregna de su recuerdo.  Del de ella.  El de la mujer bella de cuello largo. Esa que para mí fue diferente y especial.
Única.
Aún así, a veces, el tacto de los elefantes retorna a mi memoria.  Es imposible olvidar sus trompas alrededor de mi cuerpo, simulando un abrazo, como si fuera una muestra de agradecimiento por las caricias prodigadas en su áspera piel. En esos momentos ellos fueron lo más bonito del viaje, por lo que supuse que nada ni nadie nos haría sentir a mis acompañantes y a mí algo tan intenso y maravilloso.
Pero no.
No en mi caso, al menos.
Al salir del campo de elefantes, mi esposo, nuestros compañeros y yo, nos dirigimos al poblado donde habitan la tribu de los Karen.  Nuestra intención era visitar a las mujeres jirafa, pertenecientes a la etnia Padaung, refugiadas birmanas a las que Tailandia acoge en su territorio.
El poblado, donde viven las mujeres de cuello largo, tiene una calle principal compuesta por un conjunto de tiendas de madera que sirven para exponer los artículos que ellas confeccionan con sus manos. No hay mejor reclamo para vendérselas a los turistas que ellas mismas, con sus cuellos largos anillados y sus caras pintadas.  Detrás de esta calle, se encuentran sus casas.
Fue en una de estas tiendas donde la conocí.  Tal vez fue su cara dulce o el sonido que sus manos lograban arrancar a una guitarra, no lo sé,  lo cierto es que ella me imantó. Fue algo natural que nos pusiéramos a conversar, con una mezcla de español y algo de inglés. Me habló de sus hijos y yo le conté algunas cosas, pocas, de mi vida.
Pero el tiempo se aceleró y nosotros teníamos que seguir recorriendo el poblado,  así que nos despedimos. Seguimos andando por la aldea, hablando con otras mujeres, admirando sus manualidades.  Quise continuar, pero no pude. Algo inexplicable  hizo que me detuviera. Volví sobre mis pasos  y regresé con ella.
Sentí que era donde debía estar.
Ella seguía rasgueando su guitarra y, al verme de nuevo, me tendió la mano. Impulsivamente, la besé en la mejilla. Su gesto fue de sorpresa, pero al punto sus labios esbozaron una sonrisa franca.  Fue entonces cuando le pregunté por la leyenda. Esa que dice que una mujer de cuello largo ha de nacer en miércoles de luna llena, siendo a su vez hija de mujer jirafa. Me miró y suspiró. Imaginé que me iba a decir que sí, que todas las mujeres del poblado reunían esos requisitos.
Pero no.
No en su caso, al menos.
Ella no sabía el estado de la luna cuando nació. Y no había conocido a su madre. Tan solo era una refugiada que se ganaba la vida como podía.  Entonces pensé que Tailandia se cobraba en ellas el precio por protegerlas. No había nada altruista en darles cobijo. No quise ponerla en una situación comprometida, así que callé. Ante mi silencio, ella me miró y creo que comprendió mis pensamientos.
Entonces me enseñó algo.
Era un trozo de metal, parecido al que ella llevaba en el cuello, pero con una abertura posterior.
—Ponte el collar —me dijo.
Y así lo hice.
Por un instante pude sentir el peso de su vida. De su supervivencia.
Se llamaba Mana y nunca la he olvidado. Aquel día compartimos una guitarra, un beso y algunas confidencias. Mientras mi gente visitaba el poblado, yo me quedé con ella. Algo en sus ojos me retuvo a su lado y se quedó en mi corazón para siempre.