El primer grito que escuchó mi Bollito Bonito* fue el de mi
madre cuando le dije que estaba embarazada. Fue después de volver de una
escapada a Toledo cuando tuve la buena noticia: positivo. Así que cuando Raúl yo nos fuimos a recorrer
una de las ciudades más bonitas de España no los hicimos solos. Ese fue el primer viaje de mi futuro bebé. El
segundo fue a los pocos días. Se acercaba la Navidad y nos íbamos a pasarla en
Zaragoza, con mi familia.
Fue bonito llegar a casa y ver la alegría de mis padres y de
mi hermano por mi embarazo. Sobre todo la de mi madre, quien ya había desechado
la idea de ser abuela. Y no por ganas. Sus dos hijos son tardones para todo.
Fue una Navidad distinta y especial. Sobre todo cuando una noche me levanté para
ir al baño y me desmayé. No es que esta fuera la primera vez que perdía el
conocimiento. No. Pero sí la primera en que me hacía daño. Un ojo morado, entre
otras cosas. Y el miedo. Miedo por él, por mi Bollito Bonito. Fui al médico,
pero todo estaba bien. De momento. Recuerdo de esos días como la gente me
miraba. También a Raúl. Por el morado del ojo, claro. Las personas somos así,
siempre pensamos lo peor.
Los días iban pasando, se acercaba Nochevieja y una mancha
de sangre en la braga me trajo de nuevo el miedo. ¿Qué estaba pasando? Según la
ginecóloga de urgencias tenía un hematoma en la placenta y tenía que guardar
reposo. Absoluto.
¿Era demasiado mayor, entonces? ¿Me había precipitado
queriendo quedarme embarazada? ¿No debería haber viajado, no una sino dos
veces? Demasiadas preguntas y mucho tiempo para respondérmelas. Ese fin de año
tomé las uvas tumbada en el sofá, Raúl tuvo que regresar a Vigo y yo me quedé
en Zaragoza. Esperando.
*Bollito bonito: nombre que le dabamos al niño antes de saber su sexo. Fue un nombre elegido por las chicas del foro en el que, entonces, participaba.
