lunes, 8 de mayo de 2017

Carta desde la ría



Relato seleccionado para el segundo libro de Vigo Histórico




Querida Isabel:
Hace ya varias jornadas que salimos de la ría de Vigo y nos adentramos en mar abierto, pero mis ojos no han podido olvidar la increíble puesta de sol que ofrece ese venturoso brazo de mar.  Tal vez, algún día, vuestros reales luceros puedan contemplarlo también.
Os transcribo estas líneas para que os quede manifiesto  lo mucho que anhelo veros de nuevo.  Demasiado, tal vez.
Son ya varios los días de travesía y ansío poder tocaros. Ya falta poco para ello. Pronto arribaré en nuestras aguas y cuando desembarque, obviaré a mi esposa e iré a buscaros.  Y lameré vuestro cuerpo para seguido poder penetraros con ansía.
Me río cuando algunas lenguas afirman que sois virgen. No se imaginan el ardor mostrado por vos bajo las sábanas de seda. Tampoco vuestra entrega a mi persona, a veces con sumisión, las más con pasión.  Me gusta tiraros de vuestros cabellos rojos y mancharos la piel, tan blanca, con mi saliva.
Gozáis.
Gritáis.
Y por el placer que os provoco  habéis  tenido a bien encumbrarme a lo máximo que un hombre como yo podía aspirar. Soy un héroe para vos. También para nuestro país. Para otros solo un pirata. Pero no me incumbe el nombre que se me quiera dar. He podido cumplir mi venganza contra los españoles y eso es más de lo que podía esperar cuando, siendo un muchacho de seis años, mi familia y yo tuvimos que huir de nuestro pueblo debido a la invasión de los católicos.
Y los españoles son católicos.
Me repugnan.
Eso, sumado a la humillación recibida por aquellos habitantes de la pequeña villa de Vigo, me enerva. En ese poblacho inmundo,  tan solo tomé prestado todo el ganado vacuno que pude y ellos, sin distinción de clases, edad o sexo, se defendieron de nosotros con tal bravura que tuvimos que huir, abandonando las reses.
Prometí volver.
Para vengarme.
Y así ha sido.
Gracias a vos he podido  cumplir mi venganza contra esos puercos españoles. Y es que vos, mi amada, habéis tenido a bien concederme patente de corso. A cambio, reparto mi botín con vos, pero sé que parte de él lo utilizáis para engrandecer el país y la corona.
Vuestra corana.  
Ha de saber, mi querida Isabel, que nuestras bodegas van llenas de tesoros. Pude darle su merecido a esos gallegos bastardos. ¿Podéis imaginar doscientas embarcaciones, ancladas en cadena, cubriendo las distancias entre las pequeñas poblaciones de Bouzas y Teis? ¿Podeis figuraros a  siete mil hombres prestos a desembarcar para derruir y saquear Vigo? Es, como ya sabéis, la localidad más desprotegida de la costa gallega.
 Sí, sé que podéis visualizarlo. 
Sois como yo.
Sanguinaria y cruel con vuestros enemigos.
Os  hubiera complacido ver como desembarcábamos en el arenal de Coia y en la parroquia de Teis, para así avanzar hacia un  Vigo desprovisto de fortificaciones y murallas. Era la situación perfecta para nuestros planes.
No había casi nadie en la villa, habían huido. Algún resistente quedaba, pero se iban batiendo en retirada, no sin antes dejar algún muerto de los nuestros. Poca cosa. Y entonces comenzó mi verdadera venganza.
Mis hombres quemaron un convento de monjas llamado Los Remedios. Después se cebaron con la iglesia de Santa María y los monasterios de San Francisco y Santa Marta. También el hospital de peregrinos fue sacrificado. El fuego, espeluznantemente hermoso, se extendió por la villa quemando más de doscientas casas.
El desquite estaba cobrado.
Una vieja pasó cerca de donde yo me encontraba y vaticinó mi muerte. Morirás de disentería, me dijo. Después, escupió en el suelo.
Meigas las llaman.
Brujas.
Si creyera en ellas, no se me antojaría una muerte cruel. Peor sería perecer en estas aguas, lejos de vos.
Reembarcamos  las tropas e izamos las velas para salir rumbo Norte. A casa.  Pero no contábamos con viento fuerte del sudoeste.  Dos de nuestros barcos, de vuestra armada, fueron arrastrados  hacia la costa norte de la ria y golpearon  las rocas  sin ninguna posibilidad de rescate. Los aldeanos de Cangas aprovecharon  para atacar e incendiaron los barcos, no sin antes rescatar algunos de los prisioneros  españoles  que llevábamos con nosotros.
Al día siguiente, el temporal seguía con fuerza y arrojó uno de nuestros barcos contra las islas Cies, quedando encallado.  Aunque este galeón no fue acosado, no hubo más remedio que vaciarlo de artillería y después incendiarlo.
Isabel, ya falta poco para avistar nuestras costas y aún no os he hablado del presente con el que quiero obsequiaros. Es la cabeza de un hidalgo de Coia que osó enfrentarnos. Al principio pusimos su testa en una pica y la cubrimos con una cabeza de cerdo. Después lo pensé mejor y la cubrí con una de ternera. Creí, que de esta manera, sería una pieza más acorde con vuestro salón de la Torre de Londres.
 Os gustará.
Pronto yaceremos juntos, mi Reina Buena, mi Reina Virgen.
Francis Drake.