martes, 19 de mayo de 2015

El presidente

Mi misión era clara: debía neutralizar al presidente. A pesar de todo, no me sentía amilanada y más teniendo en cuenta que era harto difícil que alguien pudiera atraparme. Más bien imposible.
Me encontraba en su habitación, mirando como dormía. Estaba boca arriba y yo podía sentir como respiraba sosegadamente. Tranquilo.  Como si fuera un hombre inocente y bueno. Como si sus arcas no estuvieran repletas gracias al sudor de un pueblo que se moría de hambre. Como si nada.
Una mujer que no era su esposa dormía a su lado. Era joven y voluptuosa. Falta de escrúpulos no le importaba dormir en una cama que no le pertenecía. Sin previo aviso encendió la luz de la mesita de noche, echó un vistazo al presidente y se levantó para ir al baño. Tal y como yo suponía, pasó por mi lado sin verme. Sin percatarse de mi presencia. Y no solo porque yo estuviera agazapada, sino porque mi voz no le interesaba. Ni lo más mínimo.  Pensé que tendría que luchar para que desapareciera de la vida del presidente.  Sería un efecto colateral.  Y necesario.
La mujer volvió a la cama, se apretujó contra su amante y éste entró en la fase REM del sueño. Los globos oculares iniciaron un movimiento bajo los  parpados y el cerebro  empezó a captar lo que sucedía en su entorno. Mientras se le aceleraba la respiración, supe que el hombre no tardaría en percatarse de mi presencia.

Entonces ocurrió lo de todas las noches desde que había resultado elegido presidente y había traicionado la confianza de sus votantes. Parpadeó rápidamente y de un manotazo me relegó de nuevo al fondo de su cerebro. No le interesaba oír mi voz. Al día siguiente, cuando se despertara, no pensaría en mí. 
Ni tan siquiera recordaría mi nombre.