viernes, 12 de junio de 2015

¿Y por qué no?

Mis padres nunca se amaron. Sin ser virtuosos decidieron casarse  debido a un inesperado problema que venía en camino: yo. De no hacerlo, yo sería considerado un bastardo y mi madre apaleada por ello. Así que los dos se consagraron a una vida que ninguno buscó. La de esposos y padres. Tenían apenas veinte años y un único sueño en común: librarse del imperio invasor.
A pesar de ello, mi infancia fue feliz. Primero solo y después en compañía de mis hermanos.  Mi padre, a pesar de su ascendencia real, era un hombre trabajador, un artesano, que en sus ratos libres nos hablaba de libertad. Mi madre, era una mujer sencilla y, al igual que mi padre, una  revolucionaria.
Al crecer, seguí los pasos de mis progenitores. Tuve la suerte de calar en los corazones de mis paisanos, con lo que pronto tuve una buena horda de seguidores. Juntos nos hicimos fuertes y luchamos contra el pueblo que nos oprimía.
También me enamoré. Según la gente, no era la mujer adecuada para mí. No tenía buena fama y era a menudo acusada de prostituta. Habladurías. Era más inteligente que muchos hombres y tal vez debido a ello, acuñaba mala fama. Ella fue mi mayor pilar, sobre todo cuando pusieron precio a mi cabeza.
Logré esconderme bien, tenía buenos amigos entre mis seguidores. No contaba con que uno de ellos me traicionaría y me entregaría a los romanos, a nuestros opresores.

Ayer me crucificaron. Clavaron mis miembros a un palo en forma de cruz y quedé expuesto a una lenta y dolorosa agonía por hambre, sed y hemorragias. Sentí un gran dolor y más cuando, entre brumas, vi llorar a mi amor, a María Magdalena, la mujer que pronto alumbrará a nuestro hijo.