domingo, 7 de junio de 2015

Una tarde de cine

El guante de Gilda cayó al suelo  y la sensualidad de Rita Hayworth inundó la gran pantalla. Unos murmullos de admiración se escucharon en la abarrotada sala de cine.
Nuria suspiró y se estremeció en su asiento. Soñaba con ser seducida y amada al igual que esas estrellas del celuloide a las que tanto admiraba y que cada sábado le acompañaban en su tristeza.
Sabía que era objeto de críticas y maledicencias, una mujer que iba sola al cine no era bien vista en su pequeña ciudad de provincias; pero no le importaba, aquellos que la criticaban no sabían nada de su soledad y amargura.
Se sobresaltó al sentir como  una mano se posaba en su rodilla. Contuvo la respiración y no se movió, ni siquiera cuando esta subió por su muslo y se introdujo hábilmente entre los pliegues de su ropa interior.
Su propia humedad la sorprendió.
Unos dedos hábiles horadaron aquellos lugares que nunca habían conocido hombre alguno. Se le escaparon unos gemidos leves y, sin pretenderlo, arqueó la pelvis invitando a su anónimo  amante a que no se detuviera. De repente, inundándolo todo, una explosión sacudió todo su ser.
Poco a poco fue acompasando la respiración y, al tomar conciencia de lo que había sucedido, un leve rubor tiñó sus mejillas. No habló. Tampoco intentó conocer la identidad del desconocido.
Cuando las luces se encendieron, bajó la mirada con vergüenza y, venciendo la curiosidad, se escabulló como pudo, sin volver la vista atrás.
Durante el resto de semana pretendió no pensar en ello; pero al llegar el sábado corrió llena de excitación  de nuevo al cine.
Una sombra de desilusión cruzó su cara cuando el asiento contiguo al suyo fue ocupado por una mujer.

Las luces se apagaron y una suave mano se posó en su rodilla.