viernes, 13 de noviembre de 2015

El bastardo

A Flavio lo apodaban  “El magnífico” por su aspecto imponente y viril. Era alto, fibroso y de porte elegante. Fuerte y poderoso.  Inteligente y de movimientos rápidos.
Era un esclavo.
Siendo el hijo bastardo de una sierva cautiva, Gaia,  su destino parecía claro desde el mismo momento de su nacimiento. Las malas lenguas decían que a su madre la había preñado el magistrado Aurelio Cursor, hombre principal del Imperio y casado con Mesalina Agripa, hija y nieta de senadores.
Verdad o no, Aurelio se había hecho cargo de la educación de Flavio criándolo casi como a un hijo hasta el momento en que  Mesalina había visto en el niño un peligro para su propio vástago, Cornelio. La familia de Mesalina había amenazado a  Aurelio con privarle de sus privilegios y  Gaia había aparecido con la garganta seccionada.  Nadie tenía noticias del niño.
El magistrado Cursor no había dudado en deshacerse de la esclava, pero no  de Flavio. En un acto de piedad había llevado al niño a una escuela de gladiadores, perdonándole así la vida. Suponía que nadie lo encontraría jamás.
Y así había sido.
Hasta el momento.
Mesalina Agripa miraba al joven gladiador que acababa de salir a la arena. Las bellas facciones del muchacho le recordaban a cierta esclava que había habitado en su casa tiempo atrás. Y la boca…  Pero no, no podía ser, el melindroso de su esposo nunca se hubiera atrevido a desobedecer las órdenes recibidas de sus parientes, los senadores. ¿O sí?
Por si acaso, había tomado medidas.
Aurelio Cursor, miraba de reojo a su esposa. Sabía que esta era buena fisionomista y el bastardo de Flavio tenía el mismo rostro que la difunta Gaia. Aunque un buen observador podía apreciar que los labios carnosos… pero no, no creía que Mesalina pudiera verlo desde la grada. ¿O sí?
Cornelio, hijo de ambos, miraba al gladiador que pronto le pertenecería. Su padre le había dicho que iba a ofrecérselo como regalo. Con él ganaría suficientes denarios para poder vivir holgadamente. Y algo más.
Flavio “El magnífico”,  el bastardo,  miraba a la grada vociferante. Estaba cansado.
Harto de luchar.
Harto de vivir.
Desde su infancia se había dedicado a aprender el arte de la lucha y a ponerla en práctica en numerosas ocasiones. Siempre ganaba.
Siempre.
Así que suponía que su amo había amasado una pequeña fortuna gracias a él.  Aquel que decían que era su padre. ¡Maldita si le importaba que lo fuera! Flavio había decidido morir ese día, le habían dicho que lucharía delante de su propietario y de su esposa.  Se dejaría matar por su contrincante. A su mente acudieron los únicos días de su vida en los que había sido feliz, aquellos en los que él había llegado a su vida.
Él.
Aquél con el que compartió su celda miserable de tres metros cuadrados. Aquél que lo acarició y limpió su torso de las heridas recibidas en combates.
Aquél que un día lo amó.
La grada gritó de placer cuando salió a la arena el contrincante de Flavio. La mayoría de apuestas eran a favor del bastardo. Nadie dudaba de la superioridad de “El magnífico”.
Un silencio incómodo invadió el anfiteatro. Fue roto por el cuerpo de Flavio al chocar contra la arena. Una espada atravesaba su corazón.
Mesalina Agripa sonrió. Demasiado fácil, ya no tendría que recompensar al contrincante de Flavio por llevar veneno en su espada.   
Aurelio Cursor gritó reconociendo lo que todo el mundo sospechaba.
Cornelio lloró por el amor que se le escapaba.

Y los espectadores escupieron el cuerpo sin vida de aquél que los había traicionado.