domingo, 27 de diciembre de 2015

Requiem por una amiga

Querida Clara:
¿Recuerdas que de niñas hicimos un pacto de sangre? Cortamos nuestros deditos con una cuchilla de afeitar y juntamos  las yemas ensangrentadas. De este modo, nos juramos amistad eterna.  Clara y Berta. Siempre juntas.
Solo que tú cumpliste. Yo no.
Es tarde para enmendar mis errores pero necesito decirte tantas cosas… ¿Por dónde empezar? No lo sé. La pena me ahoga y la vergüenza me atenaza, taladrándome las entrañas como una rata hambrienta.
Aunque, tal vez, todo ello podría resumirlo en una sola palabra. En una súplica.
Perdóname.
Sí, te pido perdón por todas las veces que vi cardenales en tu cara y miré hacia otro lado. Por todas las ocasiones en que tus labios inflamados me hablaban en silencio de sufrimiento. El tuyo. Por los días que vi tu número reflejado en el teléfono y decidí no descolgar. Por tus noches en vela.  Por tu soledad.
Por todas las ocasiones en las que no hice nada.
Ni siquiera preguntarte. Mucho menos ayudarte.
Aunque ahora, ya es tarde.
Esta mañana he ido al cementerio a decirte adiós para siempre. He querido verte y no me lo han permitido. Me han dicho que  tu cuerpo estaba demasiado mancillado. Por un momento me he alegrado, pensando que ahora descansarás. Libre, por fin. Y no llorarás pensando en el hombre que no te quiere y en la amiga que nunca lo fue.
Tu madre y tu hija, al verme, han venido a abrazarme, pero yo he  dejado caer los brazos a lo largo del  cuerpo, incapaz de corresponderlas. Incapaz de apoyarlas en su dolor. Porque de alguna manera soy cómplice de tu asesino, Isidro, aquel que un día te juró fidelidad y amor eterno. Aquel que un día decidió abandonar tu cama y venirse a la mía. A la de la que considerabas tu mejor amiga.
Descansa en paz, querida amiga. Qué al menos tú puedas hacerlo.

A Isidro y a mí, nos esperan en el infierno.