domingo, 10 de enero de 2016

La carrera de Aurelia

Con este relato gané hace un par de años un certamen de Navidad. Este año, no igual pero sí parecido, lo he presentado a Territorio de Escritores y me he quedado la séptima u octava por abajo. Es curioso como el mismo relato puede gustar o no gustar depende quien lo lea. 

Esta es la versión ganadora, aunque había hecho otra que no encuentro por ningún lado. Esto me recuerda que tengo que organizar mis relatos... 

Me vestí con la peor ropa que tenía en el armario y me tizné la cara con el hollín que había desprendido la estufa vieja y de segunda mano que presidía mi austera habitación. Después me anudé un pañuelo de color negro en la cabeza. Al mirarme en el espejo, roto y desvencijado, comprobé que el resultado era bastante satisfactorio.
Desperté a Lucas, mi hijo de diez meses, y me lo coloqué en uno de mis pechos. El pequeño succionó la poca leche que aún manaba de él, con ganas, tenía hambre. Cuando terminó, le cambié el pañal y vestí su cuerpecito con ropa ajustada y no demasiado limpia. En silencio le pedí perdón.
Con el niño en brazos, me dispuse a comenzar mi jornada laboral. Era el día de Nochebuena y, por ello, tenía que ganar más dinero del que solía conseguir habitualmente. Si no lo hacía así, la ira de Gabriel caería sobre mí.
Me encaminé hacia un gran centro comercial. Con algo parecido a la fascinación,  contemplé la decoración de la fachada llena de diminutas luces que, en cuanto cayera la noche, se encenderían dando paso a un fantástico espectáculo.
Me senté en el suelo, a las puertas del comercio, y me dispuse a pedir limosna. Recé para que fuera un buen día, las personas tendían a ser más generosa en días señalados.
Observé como la gente hacía compras de última hora, algunos con prisa, otros disfrutando del momento. Nadie indiferente. Los niños se veían felices porque Papá Noel, esa madrugada, les visitaría para dejarles los regalos que habían pedido. Y, todos ellos, cenarían caliente esa noche.  
Una mujer joven con un niño que se le aferraba con fuerza a la mano, depositó unas monedas en el platillo que yo había dispuesto para tal fin. Le di las gracias y entonces el niño me preguntó:
—¿No tienes frío? No llevas ropa de abrigo y tu bebé parece tenerlo también.
—Vamos, Jorge, no seas grosero —dijo su madre mientras tiraba de él.
Miré a mi pequeño. Estaba moradito y temblaba. Sin pensarlo entré en el centro comercial, allí había calefacción y mi hijito entraría en calor.
Cerré los ojos y me imaginé de nuevo en mi país, antes de que Gabriel me enamorara, antes de que las mentiras y las mafias de personas se colaran en mi vida. Antes de ahora.
Un guardia de seguridad me devolvió a la realidad. Mi realidad.
—¿Qué haces tu aquí? —Y con desprecio, continuó increpándome: —No está permitida la entrada a gente como tú. Vamos, sal fuera.
En esos momentos el bebé se puso a llorar. Sin saber muy bien que hacer intenté encontrar compasión en el guardia.
—A mí no me convences, sé qué clase de chusma eres  y lo que intentas conseguir con tu hijo. A mi no me das pena, venga lárgate.
La gente empezaba a hacer corrillo alrededor nuestro. Avergonzada me fui de allí, con la cabeza baja. Pensé en mi madre y en lo que diría si pudiera verme ahora. De primera de mi promoción en la carrera, a mendiga profesional. Y todo por amor. Amor a un cobarde.
Volví a la calle y me percaté de que Gabriel se encontraba por las inmediaciones del centro comercial. Supuse que se enfadaría, yo había perdido el platillo y las pocas monedas que en él había.
— ¡Aurelia, Aurelia! —oí que gritaba con furia el hombre al que una vez había amado.
Miré a Lucas y me di cuenta de que si no hacía nada para remediarlo, su destino sería arriesgar la vida limpiando los coches parados en los semáforos. Y no, yo quería que también para él existiera la Navidad. Y que tuviera regalos.  En esos momentos, decidí hacerle uno. El mejor.
Entonces, sujetando con fuerza a mi hijo, me eché a correr.