domingo, 30 de octubre de 2016

La última melodía




Víctor apretó los parpados y se sujetó la cabeza rapada con ambas manos.  Las sienes le martirizaban y como siempre que esto le sucedía, maldijo al puto ron barato que se veía obligado a beber por su falta de dinero.  El silencio contestó a su grito.
El mar ya no cantaba.
Mientras una arcada le sacudía volvió a escuchar la melodía y entendió que no era el mar quien la entonaba. Era un cante demasiado profundo, como un lamento que surgía del interior de un alma dañada.
Pero al igual que el mar, lo adormecía.
Supuso que era humano.
El quejido subió su tono y espabiló a Víctor, quien decidió ir en busca de aquel sonido, proveniente de las rocas, que de alguna manera lo inquietaba.
Era una niña. Y cantaba como una anciana que lo ha visto todo.
Que lo ha vivido todo.
La niña abrazaba el cuerpo inerte de una mujer. Y sus lágrimas eran el acompañamiento magnífico que su voz necesitaba.
Y Víctor recordó.
Había sido una buena noche. Muy buena.
Había comido, bebido y follado. Después había salido de caza. Había mucha. Cada vez más. Podía elegir a su presa y esta vez se había fijado en una mujer flaca y de ojos vencidos. Se la había llevado sin que ella ni sus compañeros opusieran resistencia. No se habían ido muy lejos. Detrás de las rocas.
No quería su cuerpo. Solo su vida. Quería librar al mundo de la escoria que cada día llegaba a la playa. Y la mujer se había dejado matar, casi lo había implorado.
Miró a la niña a los ojos. Y pudo ver en ellos algo más que el dolor de la chiquilla. Vio el suyo. Aquel que había sentido cuando siendo un niño su padre mató a su esposa.
Su madre.
Víctor tuvo miedo.
Miedo de él mismo. Miedo de su odio. De su ser irracional.
Y comprendiendo que a la noche siguiente volvería a hacer lo mismo se encaminó al mar. Mientras las olas lo engullían, el lamento de la niña lo acompañó en su inmersión.
Después, la paz.