viernes, 16 de septiembre de 2016

Un collar para sobrevivir


Relato seleccionado para el libro de Mujeres Viajeras.

Dicen algunos viajeros que cuando uno recuerda la ciudad de Chiang Mai, la mente se llena de elefantes y  sombrillas.  De budismo y meditación. De sonrisas y sabores.
De masajes.
Pero no.
No en mi caso, al menos.
Cuando yo evoco Chiang Mai, casi la totalidad de mi cerebro se impregna de su recuerdo.  Del de ella.  El de la mujer bella de cuello largo. Esa que para mí fue diferente y especial.
Única.
Aún así, a veces, el tacto de los elefantes retorna a mi memoria.  Es imposible olvidar sus trompas alrededor de mi cuerpo, simulando un abrazo, como si fuera una muestra de agradecimiento por las caricias prodigadas en su áspera piel. En esos momentos ellos fueron lo más bonito del viaje, por lo que supuse que nada ni nadie nos haría sentir a mis acompañantes y a mí algo tan intenso y maravilloso.
Pero no.
No en mi caso, al menos.
Al salir del campo de elefantes, mi esposo, nuestros compañeros y yo, nos dirigimos al poblado donde habitan la tribu de los Karen.  Nuestra intención era visitar a las mujeres jirafa, pertenecientes a la etnia Padaung, refugiadas birmanas a las que Tailandia acoge en su territorio.
El poblado, donde viven las mujeres de cuello largo, tiene una calle principal compuesta por un conjunto de tiendas de madera que sirven para exponer los artículos que ellas confeccionan con sus manos. No hay mejor reclamo para vendérselas a los turistas que ellas mismas, con sus cuellos largos anillados y sus caras pintadas.  Detrás de esta calle, se encuentran sus casas.
Fue en una de estas tiendas donde la conocí.  Tal vez fue su cara dulce o el sonido que sus manos lograban arrancar a una guitarra, no lo sé,  lo cierto es que ella me imantó. Fue algo natural que nos pusiéramos a conversar, con una mezcla de español y algo de inglés. Me habló de sus hijos y yo le conté algunas cosas, pocas, de mi vida.
Pero el tiempo se aceleró y nosotros teníamos que seguir recorriendo el poblado,  así que nos despedimos. Seguimos andando por la aldea, hablando con otras mujeres, admirando sus manualidades.  Quise continuar, pero no pude. Algo inexplicable  hizo que me detuviera. Volví sobre mis pasos  y regresé con ella.
Sentí que era donde debía estar.
Ella seguía rasgueando su guitarra y, al verme de nuevo, me tendió la mano. Impulsivamente, la besé en la mejilla. Su gesto fue de sorpresa, pero al punto sus labios esbozaron una sonrisa franca.  Fue entonces cuando le pregunté por la leyenda. Esa que dice que una mujer de cuello largo ha de nacer en miércoles de luna llena, siendo a su vez hija de mujer jirafa. Me miró y suspiró. Imaginé que me iba a decir que sí, que todas las mujeres del poblado reunían esos requisitos.
Pero no.
No en su caso, al menos.
Ella no sabía el estado de la luna cuando nació. Y no había conocido a su madre. Tan solo era una refugiada que se ganaba la vida como podía.  Entonces pensé que Tailandia se cobraba en ellas el precio por protegerlas. No había nada altruista en darles cobijo. No quise ponerla en una situación comprometida, así que callé. Ante mi silencio, ella me miró y creo que comprendió mis pensamientos.
Entonces me enseñó algo.
Era un trozo de metal, parecido al que ella llevaba en el cuello, pero con una abertura posterior.
—Ponte el collar —me dijo.
Y así lo hice.
Por un instante pude sentir el peso de su vida. De su supervivencia.
Se llamaba Mana y nunca la he olvidado. Aquel día compartimos una guitarra, un beso y algunas confidencias. Mientras mi gente visitaba el poblado, yo me quedé con ella. Algo en sus ojos me retuvo a su lado y se quedó en mi corazón para siempre.