viernes, 6 de enero de 2017

Lo que la Navidad nos trajo



Erik
Me atusé el bigote, sonreí al espejo y  me cepillé las botas. Era el día de Navidad y quería estar presentable ante la llegada inminente de los nuevos inquilinos. Sabía que a ellos no les importaría mi aspecto, pero me gustaba demostrar mi superioridad en cada ocasión que mi trabajo  lo requería.
No es que me gustara trabajar el día de Navidad, pero los residentes llegaban todos los días y no era cuestión de acumular trabajo, me gustaba ser eficiente y cumplir con mi obligación aunque fuera el día en que se celebraba el nacimiento de Jesús. Nuestro Dios.  En cualquier caso, intentaría acabar pronto. Me esperaba una suculenta comida en compañía de mis compañeros y después, tal vez, los brazos de Nadia, la sirvienta.
Elena bajó del tren mirando al frente, altiva. No la reconocí al instante, por supuesto.  Estaba flaca y desmejorada, con ojeras negras que destacaban en un rostro  afilado y pardusco. Pero sus labios, a pesar de estar ajados, conservaban esa forma de fresa que una vez tanto me gustó.   Pero cuando los abrió, tal vez para hablarme, pude vislumbrar unos dientes rotos y ennegrecidos.
No.
Ya no era mi Elena. Aunque su boca se empeñase en indicarme lo contrario.
—Erik… —articuló como pudo Elena. Su voz, a pesar de su altivez, estaba rota. Muerta.
Recordé la última vez que nos habíamos visto.

Elena
Nunca olvidé a Erik. No solo porque mi corazón de niña un día lo amó, tampoco por su nula defensa ante mí cuando sus padres me echaron de su casa. Creo que si Erik se quedó para siempre en mi mente fue por su afán de destrucción aquella noche espeluznante.
Erik era algo mayor que yo y estudiaba en una academia cercana a mi colegio. A veces, me esperaba a la salida de mis clases y me acompañaba a la librería de mis padres, donde mi madre solía obsequiarnos con una gran taza de chocolate y picatostes.  Erik se relamía al ver la merienda y al ver su lengua yo imaginaba que era a mí a quien chupaba. Me preguntaba qué pensaría el puritano de Erik  si supiera lo que mi cuerpo, ya de mujer, anhelaba.
Una mañana, mi padre me dijo que no podía ver más a Erik, que era peligroso, aunque no me explicó los motivos. Yo me enfadé, mis padres no eran intransigentes ni me prohibían cosas, y en un acto de rebelión les dije que en ese mismo instante me iba a verlo. Era el día de Navidad de 1937 y desoyendo las recomendaciones de mis padres que opinaban que no era el mejor día para salir de casa, me fui en busca de mi amigo.

Erik
Llevaba varios días sin ver a Elena, la librería de sus padres estaba cerrada y nadie parecía saber nada de ellos, pero la mañana de Navidad la vi rondando mi calle. Hacía frio, así que la invité a entrar en casa para que se calentara. Decidí invitarla a comer, mis padres no pondrían objeciones, eran unas personas devotas y buenas, que nunca le habían negado el pan a nadie. Por eso me sorprendí cuando mi madre dijo:
—No compartiré mi mesa con una judía —Y clavando sus ojos en mi amiga, continuó: — vosotros matasteis a Cristo y nos gustaría celebrar el día de su nacimiento a solas.  Así qué, por favor, sal de mi casa.
Yo no cuestioné la decisión de mi madre. Sus palabras, así como las de mi padre, eran ley para mí.
No acompañé a Elena a la puerta. Dejé que mi amiga se fuera de mi casa y de mi vida para siempre.

Elena
Cuando la madre de Erik me echó de su casa, caminé despacio, a pesar del frio, esperando oír las zancadas de Erik detrás de mí, incluso imaginé su brazo rodeándome los hombros. Pero esto no sucedió. No volví a verlo en mucho tiempo.
Al llegar a mi casa, mis padres me esperaban preocupados y decepcionados. Me abrazaron e intentaron consolar el corazón roto de una muchacha de catorce años.
La vida más mal que bien continuó para nosotros. Ese año de 1938 a los niños judíos se nos prohibió ir al colegio. Pero lo peor aún estaba por llegar: una noche de noviembre unos exaltados entraron en nuestra librería, destrozándolo todo. Rompieron los amados libros de mis padres y después los quemaron. Uno de esos lunáticos era Erik.

Erik
La Noche de los cristales rotos destrozamos la librería de los padres de Elena. Me ensañé. Podía haberlo hecho con cualquier otra, pero en cada golpe dado descargaba la ira porque me habían robado a Elena. Ella era una judía. Nunca podría volver a ser su amigo. Mucho menos su amante o esposo. Mi sangre no podía mezclarse con la de ella, era lógico, pero ni tan siquiera había probado sus labios…
Esos labios que ahora pronunciaban mi nombre. Supe que si la tenía en el campo, su presencia me atormentaría hasta el punto de besar su boca maldita. Ese beso me llevaría a algo más. Al pecado. Y no podía consentirlo.
No.
Cogí mi arma y, cerrando los ojos,  disparé.

Elena
Esos cristianos que nos acusaban de haber matado a su Dios, se dedicaban a matar judíos igual que lo habían hecho durante siglos. Erik era uno de ellos. Y ahora era mayor, más fuerte, más cruel. Intuí que en esos tensos momentos en que me vio bajar del tren y me reconoció, su cuerpo ardió de deseo. También supe que él y yo nunca nos conoceríamos como hombre y mujer.
Entonces disparó.
Y el cuerpo del hombre que una vez yo había amado, tiñó de rojo la sucia arena de la estación de Auschwitch.
Después, mi destino se entrelazó al de miles de personas cuyos antepasados habían matado a ese Dios que justo hoy, como todos los años, volvía a nacer para demostrarnos su amor.


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