domingo, 26 de abril de 2015

Al calor de la lareira

Acudir al cementerio a diario era una necesidad para mí. Era un camposanto pequeño y bonito, lleno de cruceiros y rincones hermosos. Aunque lo más bello para mí no debería haber estado allí. Mi única hija, Iria, había fallecido víctima de unas fiebres y su pequeño cuerpo había sido enterrado en una tumba que yo había podido comprar gracias a los ahorros de toda una vida. Era una tumba pequeña, cobijada por un ciprés y al lado de un pequeño y desvencijado banco de madera.  Su epitafio era sencillo: Iria, a miña  filla, nada 18 de novembro de  1921, sempre viva no meu corazón, nunca morta.
En el aniversario del que hubiera sido el duodécimo aniversario de su nacimiento corté unas hortensias de la gran casa en la que yo trabajaba y se las llevé a mi hija. Eran sus flores preferidas. También las mías.  Las deposité en su tumba y me senté en el banco a enjugar mis lágrimas, eternas como su ausencia.
-Veo que sigues amando las hortensias, Clara –dijo una voz a mis espaldas a la par que una mano se posaba en mi hombro.
No podía ser, era la voz que yo había tratado de olvidar durante años, pertenecía al hombre   que había amado sobre todas las cosas. Me volví con incredulidad y ahí estaba.  Caio, el padre de mi hija.  Sin yo quererlo, retrocedí en el tiempo y visualicé nuestro pasado.  
Nuestra historia era bastante común. Él era el hijo de los duques de Ageitos , yo la hija del jardinero y de la cocinera del enorme pazo que dominaba nuestra aldea.  Yo ayudaba a mi madre en la gran cocina ubicada en los sótanos de la imponente mansión.  Él solía bajar todas las mañanas para robar algún dulce de los que mi madre preparaba. Yo hacía como que no me daba cuenta, pero notaba mi rostro enrojecer mientras mi corazón saltaba desbocado y, con el tiempo, cada vez que lo veía sentía algo desconocido entre las piernas.  
Una mañana en la que mi madre se encontraba ausente, Caio entró en la cocina. Yo daba vueltas al gran cocido que se cocinaba a fuego lento en la lareira y él me sorprendió abrazándome por la cintura. No protesté. El calor que sentía debido a la comida unido al que me propició el abrazo de Caio me hizo olvidar las leyes del decoro y me dejé llevar.  Al instante silencié en mi cabeza las voces de mis padres advirtiéndome sobre los señoritos.  Caio me arrastró hasta la gran alacena donde almacenábamos especias, aceites y vinagres, además de una gran cantidad de conservas caseras para que los integrantes de la casa pudieran disfrutar de las frutas y verduras durante el invierno.  Y fue allí, entre los botes de mermeladas, los aromas del clavo y del tomillo mezclados con los que desprendían los convoys de aceite y vinagre que perdí aquello que mi madre me había hecho prometer que conservaría hasta mi matrimonio. Mi preciada virginidad.
Eso fue el comienzo. A ese día se sucedieron muchos otros, cada vez más placenteros. Cuando vencí mi timidez inicial disfrutaba untando el cuerpo de Caio con diversas confituras para lamerlo a continuación. Él, por su parte, me hacía arrodillarme, llevaba mi cabeza a su sexo y la apretaba mientras me tiraba del pelo.  Después me levantaba e  izaba en el aire para lamer mi intimidad. Cuando se cansaba me tumbaba en el suelo y montándome a horcajadas me hacía reconocer que el sexo no era aquello tan malo que me habían contado.

Mi madre se percató al poco tiempo de lo que sucedía y lejos de abroncarme me dio dos consejos: que no me enamorara y que tuviera cuidado con que el señorito me preñara. Sus consejos llegaron tarde. Llevaba años enamorada de Caio y un día descubrí que iba a tener un hijo. Este descubrimiento coincidió con el anuncio por parte de los duques del compromiso de Caio con la hija de un político de la capital.
No es que yo creyera que él fuera a casarse conmigo, tampoco que me amara como yo a él.
No.
Lloré. Todo.
Mis padres quisieron llevarme a visitar a la vieja Águeda, una vieja con fama de bruja que entendía de hierbas que podían malograr a mi hijo. Me negué en redondo. Por no provocar un escándalo mis padres cedieron.
Mi tripa fue creciendo al mismo tiempo que se ultimaban los preparativos de la boda. Caio no volvió a bajar a la cocina, ni siquiera la noche anterior al enlace, cuando mi madre y yo, ayudadas por tres doncellas, nos afanábamos en preparar el banquete del día siguiente. Mientras mi madre y sus ayudantes desplumaban codornices y asaban jabalíes, yo hacía flanes de castañas. Desconozco si los invitados los encontraron salados, no pude evitar que mis lágrimas cayeran en el preparado.
Al día siguiente, coincidiendo con la hora en que Caio se  iba a desposar, mi hija decidió que ya era hora de llegar al mundo. Rompí aguas entre potes y fogones, arropada  por el calor que desprendía la lareira y a cuyas brasas mi madre arrojó el cordón umbilical y la placenta. El chirrido de su crepitar fue el anuncio que dio comienzo a la fiesta nupcial en el gran salón del  piso de arriba.  El llanto de la niña se ahogó con la algarabía procedente de los salones principales.  El mio, también.
Al poco tiempo, las visitas de Caio se reanudaron. Olvidé su abandono y volví a echarme en sus brazos, obviando que era un hombre casado. Nunca se dignó a mirar a su hija. Yo buscaba excusas a su comportamiento y acabé creyéndomelas. Solo vivía por y para él y para nuestras visitas a la alacena. Mi padre murió por aquella época y mi madre le siguió a los dos meses. Me convertí en la nueva cocinera y mientras esto sucedía, Caio se volvió a marchar. Esta vez a la capital. Su suegro le ayudó a convertirse en un político de pro y como buen aristócrata fue uno de los que apoyaron a Primo de Rivera y su dictadura.  No volví a verlo, pero al pazo llegaban noticias de él y de su triunfo en la política.
Iria, por entonces, contaba dos años de edad y era una niña curiosa a la que  le gustaba estar conmigo en la cocina y observar lo que yo hacía, como si ya de tan niña quisiera aprender aquello que su abuela me había transmitido.  Otras veces se sentaba cerca del hogar y me pedía que le contara un cuento. Yo tenía poca imaginación y era analfabeta, pero le contaba historias en las que el amor triunfaba por encima de las clases sociales. Pronto, Iria quiso más. Mis historias se le quedaban pequeñas y yo decidí aprender a leer y a escribir. Para ello, pedí ayuda al párroco. Le dije que quería ser capaz de leer por mí misma la palabra de Dios. Tras muchas dudas iniciales y viendo la oportunidad de redimir a una pecadora como yo, accedió. 
Mis señores dieron permiso para que el cura viniera todas las tardes a la cocina a darme clases. Tal vez fueron tan magnánimos conmigo porque al menos, suponía yo, la señora sospechaba que Iria era su nieta.  Siempre la trató con una distancia cariñosa.
Los libros me mostraron otra dimensión de la vida. Por primera vez en mi existencia, anhelé conocer otros lugares, otras gentes. Cuando podía, robaba los periódicos al señor y me sumergía en sus letras negras que me hablaban de mujeres valientes, dispuestas a cambiar el mundo.  Ellas me mostraron que una vida sin Caio era posible,  que por mí misma podía ser feliz y que como mujer tenía mi lugar en el mundo. Aunque bien es verdad que cada vez que entraba en la alacena no podía dejar de estremecerme, mi corazón comenzó a curarse.
Después murió mi hija. Ni siquiera el abandono de Caio me había preparado para semejante dolor. Esto hizo que me refugiara todavía más en los libros.  Y comprendí que por ella, por mi hija, también por mí, debía seguir el ejemplo de esas mujeres. Ellas, a través de sus letras, me gritaban que reaccionara.  Yo era fuerte. Debía serlo. Y tenía que seguir.
Volví a la realidad al sentir una hortensia en mis manos. Caio la había cogido de la tumba de mi hija. Ni por un momento había rezado por ella o había preguntado el motivo de su muerte. Miré sus ojos y supe leer en ellos que quería reanudar nuestra relación ilícita. Comprendí también que si algún vestigio de mi amor quedaba en mí, este había muerto.  Y me alegré de tener el valor para negarle el beso que quiso darme.
Sí, yo era una mujer y también una criada, pero algo estaba a punto de suceder. Al día siguiente, las mujeres íbamos a tener algo que decir e íbamos a entrar en la historia.  Eran tiempos de cambios. *
Y  yo también había cambiado.


*En las elecciones de 1933 las mujeres españolas pudieron ejercer, por primera vez, el derecho a voto.