jueves, 23 de abril de 2015

Mi Luna

—¿Dónde está La Luna? —pregunté.
—Estará escondida, ya saldrá –contestó Raúl, mi esposo.
—No nos vamos hasta que no aparezca —dije como una cantinela, como algo que había repetido miles de veces. No estaba asustada. Aún.
El puente de difuntos nos esperaba. Íbamos a ir a una zona caliza a explorar cavidades y soltar adrenalina. Eso sería por el día. Por la noche celebraríamos el magosto y si no había nubes podríamos contar historias de terror a la luz de la luna. Castañas, cuevas y miedo. Era perfecto.
Las sacas repletas de cascos, cuerdas y mosquetones nos esperaban en la puerta de entrada a que nos decidiéramos a salir; pero La Luna seguía sin aparecer. Era desesperante.
—Bajo a la calle —dije algo escamada.
La Luna no estaba en la calle  y con algo parecido al miedo pisándome el alma volví a casa.
—¿Ha aparecido? —grité desde el umbral de la puerta.
—No…
—Voy a mirar por la ventana que da al patio de luces, solo por si acaso —dije sin querer decirlo.
Me asomé de puntillas desde la ventana de la cocina y miré hacia abajo. Era un séptimo piso. No estaba allí. Suspiré de alivio. Aunque debido a que soy pequeña no pude izarme lo suficiente en el alfeizar  como para que mi mirada abarcara  todo el patio. O instintivamente, no quise.
Seguimos buscando por toda la casa. Volvimos a registrar armarios,  bajos de las camas, inclusive las sacas. Todo. Pero nada.
—Anda, mira tú por la ventana –le pedí a Raúl—. Tal vez he mirado mal o no he querido ver bien.
Raúl, con la preocupación reflejada en el rostro, miró por la ventana. Cuando se volvió hacia mí supe que La Luna había aparecido.
—Está abajo –me dijo y en su cara vi todo lo que estaba sufriendo por darme esa noticia.
Siete pisos. Demasiados hasta para un gato.
Lloré, sí, con rabia, con dolor. Sabía que alguna vez tenía que suceder. Pero no así. No todavía.
Busqué una caja grande, para que estuviera cómoda, de colores, y bajamos a buscar a mi Luna, a nuestra Luna. El vecino, con cara de pena, nos dejó entrar y Raúl la recogió.
—No mires —me sugirió.
Asentí. No sé si hice lo correcto.
Metí en su caja la flor más bonita que encontré. Y le escribí una nota. De amor. Y de gratitud.
Ni que decir tiene que ese puente de difuntos no hubo cuevas, ni castañas de magosto. Tampoco historias a la luz de la luna. Porque mi Luna se había ido. Para siempre.
Quemamos sus restos y los esparcí en la naturaleza, para que de alguna manera se fundiera con ella. No me importó que fuera algo prohibido. Ella, desde luego, no se merecía menos.
Bruno, su compañero, la extrañó durante semanas. La buscaba por la casa mientras gritaba lastimosamente, llamándola.  Y Sobek, el otro, ganó el terreno que La Luna le negaba. Pero con el tiempo, la olvidaron.
Raúl la echó de menos durante mucho tiempo. Y mi niño, Hugo, se perdió el conocerla y poder contemplar sus maravillosos ojos azules.
En cuanto a mí, a veces, aún, una lágrima se asoma a mi mejilla recordándola. No, no es que llore… pero… la extraño tanto…
Y aún a sabiendas de que me llamen loca, seguirá siendo mi mejor amiga, mi Luna Blanca, mi dulce gata.