martes, 28 de abril de 2015

Una mañana cualquiera


¡Qué las madrastras somos malas, feas y brujas es algo que sabemos todos! Al menos lo decía Walt Disney y cuando ese señor inventaba algo subía el pan o al menos la cotización en bolsa.
Me miro al espejo y no veo nada anormal. Bueno, más arrugas, eso sí. Pero no me veo verrugas extrañas o una fealdad espeluznante. Tampoco tengo un gato negro y gordo. Lo tengo canela y más bien argellao*, pero porque lo rapamos para que no suelte mucho pelo. ¡Ná más!
Claro, que a lo mejor mi espejo se ha copiado del de Blancanieves y  me miente, no vaya a ser que le de un manotazo y lo rompa. ¡Lo que me faltaba! ¡Siete años de mala suerte! ¿Supersticiosa yo? ¡Qué va!
No sé que opinará Andrea (mi hijastra) en mañanas como las de hoy:
—Recoge las cosas del desayuno  —le digo sin alterarme ante la visión de la botella de leche, de las galletas y del bote de Nesquik(¡sin tapar!), encima de la mesa de la cocina.
—Voy… —mientras se le abre la boca en un bostezo que no sé si es porque tiene sueño o porque le aburro sobre todas las cosas.
—Haz la cama de Hugo y la tuya, pero no metas una debajo de la otra —es que Hugo y ella están compartiendo habitación porque la del peque la estamos pintando.
—Voy… —dice, sin inmutarse.
—Andreaaaaaaaaaaaaaaaaa —pese a mis esfuerzos por contralarme, la voz va subiendo el tono.
—¡¡¿Qué!!!? —pregunta con un tono un poco hastiado ya.
—Recogeeeeee el bañoooooooooooooooo —a la mierda los esfuerzos.
—Voy…—vuelve a no inmutarse.
Y al poco rato se va al insti. Una mañana cualquiera. Vuelvo a mirarme en el espejo y no me veo mal del todo, tal vez me está empezando a salir un grano en la nariz, eso sí, pero aún no se me nota del todo. Me pregunto cómo me verá Andrea.
—¡Bruno, ven! —llamo al gato. El pobre viene y lo veo más gordo. Y el pelo parece que se le está oscureciendo.

 No sé.

*Argellao: en Aragón decimos que algo o alguien está argellao cuando este está flaco, enfermizo o desgastado. En Aragón argellamos a la gente, a los animales e incluso a la ropa.