viernes, 1 de mayo de 2015

El puente

A Simón le apodaban “El profesor” por su afición de coleccionar libros. La gente solía regalárselos, sobre todo de poesía; sus preferidos. Los colgaba de una rama que hacía las veces de estantería y que junto a dos cajas que simulaban ser mesas, constituían la decoración del puente en que vivía.
Todas las noches se aprendía algún verso romántico y, a la mañana siguiente, lo utilizaba para adular a sus posibles clientas. Unas  le sonreían amables, otras no osaban mirarle a los ojos y algunas, las menos, le compraban algún paquete de pañuelos de papel; su exigua mercancía.
Todos los días, a la misma hora y en el mismo semáforo, se detenía un coche ocupado por una rubia de mirada triste y mohín contrito. Simón tenía reservado para ella la poesía mas hermosa de su repertorio; pero ella miraba al frente y nunca bajaba la ventanilla de su automóvil, hasta que una tarde ocurrió lo inesperado, ella le miró y le sonrió. Esa noche, el hombre se atrevió a soñar con la vida que le gustaría compartir  junto a ella. Y en su imaginación, trazó atrevidos planes  para conquistarla.
Al día siguiente la rubia no apareció y Simón volvió a su puente con algo parecido a la congoja atenazándole en el pecho. Una gran algarabía en el rio le hizo olvidarse momentáneamente de la mujer, hasta que la vio allí, flotando en el agua, con su pelo  rubio teñido de rojo. Se ha tirado desde tu casa, le dijo uno de sus compañeros de infortunio.
“El profesor” se alejó y recordando la sonrisa que ella le había dedicado, tal vez la última de su vida, pensó que finalmente algo si habían compartido: el puente. Él  para vivir y ella para morir.