martes, 5 de mayo de 2015

Emulando a Dios

Aquel lejano domingo de abril jugué a ser Dios. Nunca he sentido remordimientos. No.  Aunque la cara asustada de uno de los oficiales a los que disparé, me ha acompañado durante todo este tiempo. No tendría más allá de veinte años. Era un muchacho.
Era un asesino.
Al igual que yo.
Nos disponíamos a liberar el campo de Dachau, cuando en sus alrededores vimos unos trenes de carga llenos de cadáveres escuálidos que se estaban pudriendo. Mis compañeros de Infantería y yo enmudecimos, presas del horror. Con el alma encogida, entramos en el campamento. Allí había más muertos. Cientos. Algunos desnudos, otros a medio vestir.  También encontramos un crematorio y una cámara de gas. No tuvimos que pensar mucho para saber cuál era su cometido.
Me fijé en una de las víctimas. Era una mujer joven y hermosa.  La imaginé  llena de vida, amando y siendo correspondida. Tenía los ojos abiertos y algo me impelió a cerrárselos, pero de repente, una luz extraña iluminó su rostro y hablándome en el lenguaje de los muertos, la mujer me suplicó justicia.
Enloquecí.
Disparé, logrando matar a varios guardias de las SS alemanas. Mis camaradas, como si de una comunicación telepática se tratara, me secundaron. No nos importó tan siquiera que algunos de esos oficiales nazis enarbolaran la bandera blanca. Los abatimos también. Al fin y al cabo no eran dignos enemigos en una guerra. Tan solo se habían dedicado a torturar, vejar y matar a civiles indefensos.
El gobierno de mi país abrió una investigación. Supongo que lo hizo para acallar voces. Incluso, a algunos de nosotros, nos abrieron consejo de guerra. Pero, con el tiempo, se hizo todo lo posible para ocultar lo sucedido y el caso se archivó.
Hoy, como siempre, veo la cara de aquel muchacho. Solo que no está asustado. Sonríe. Es la señal de que me está esperando.
En el infierno.
*

*Los soldados de EE.UU. dispararon y mataron a varios guardias de las SS alemanas que intentaban rendirse.Un grupo de cuatro soldados de las SS que, habiéndose entregado ya al teniente William P. Walsh, fueron asesinados por él y por un soldado bajo su mando, en un vagón de ferrocarril
. Walsh estaba indignado, y sorprendido, después de ver cientos de cadáveres metidos en un vagón de tren. En otro incidente cerca de doce prisioneros de guerra alemanes fueron muertos a tiros, y otros tres o cuatro heridos en un área de almacenamiento de carbón. Los oficiales y soldados implicados declararon que los presos estaban tratando de escapar, pero los Estados Unidos abrieron una investigación oficial sobre el incidente que arrojaba serias dudas sobre esa argumentación.