lunes, 15 de junio de 2015

Cuando la vida cambió de rumbo

La primera vez que hice de puta fue por hambre. La segunda, también. Después me aficioné a comer caliente tres veces al día y continué haciéndolo. El prostíbulo de “la Reme” , una puta vieja que había sido amiga de mi difunta madre , estaba limpio y a las chicas nos trataban bien. Cuando a mi padre lo encarcelaron debido a la ley de vagos y maleantes, ella se apiadó de mí y me ofreció trabajo. Solían frecuentarlo hombres de un pueblo cercano a la ciudad. Muchos de ellos eran funcionarios que hacían la vista gorda respecto al negocio y a cambio de ello eran obsequiados con servicios gratis. Fue uno de ellos, Ramón, quien me habló de la base americana que se encontraba en las inmediaciones de su pueblo.
Ramón me contaba que estaba construida como una pequeña ciudad y que disponía de innumerables servicios: escuela, cine, tiendas, bolera, campos de golf… Yo había ido poco a la escuela, mucho menos al cine, a las tiendas alguna vez había entrado para robar algo de comida. Y, por supuesto, yo no tenía idea de lo que era una bolera o un campo de golf.
Pronto empezaron a venir al burdel los inquilinos de aquel otro mundo.
Steve llegó acompañado por Ramón. Era un chico joven que hablaba un español espantoso. Me gustó.
Y yo a él.
Ramón, que a pesar de todo era un buen hombre, nos dejó campo libre. A partir de ese día, mi vida cambió, Steve y yo nos enamoramos. Aunque él pagaba para estar conmigo cada noche, nos tomamos nuestro tiempo para tener relaciones.
Steve me traía chocolatinas y coca colas. Chicles de menta y hamburguesas. Y un día me trajo una noticia: tenía que irse a la guerra del Vietnam.
Lloramos.
Supe que no volvería a verlo.
Pero me equivoqué.
Steve volvió a buscarme a los dos años de haberse marchado. En sus ademanes furiosos pude leer todo el horror de lo que había vivido. En el muñón de una pierna, la causa de su regreso.
Y en el fondo de sus ojos, la locura.