sábado, 5 de septiembre de 2015

Podemos

Conozco dos campos de concentración nazis: Theresienstadt y Dachau. Tanto en uno como en otro me hice las misma preguntas:  ¿cómo fue posible que la gente que vivía cerca de los campos no hiciera nada?  ¿cómo pudieron ser capaces de permanecer impasibles ante la aniquilación de seres humanos?
En las dos visitas me quedé horrorizada. 
Hoy, desde mi sillón, soy yo la que no hace nada mientras veo por la televisión como gente inocente huye de la guerra.  Y tengo menos excusa que aquellos otros. Al fin y al cabo, muchos de esos espectadores del holocausto tenían las manos atadas. Tenían miedo. Miedo de que les hicieran lo mismo a ellos. O a sus hijos.
No sé si los culpables de lo que está pasando son los del Estado Islámico o lo es Obama, premio nobel de la paz, y sus pretensiones sobre el petróleo de los sirios. O tal vez Bush. Aquel que junto a su amigo Aznar nos hizo cómplices silenciosos a todos.
No importa quien. O cómo.
Ya no.
Lo que importa es que mientras mi niño de tres años se bañaba en aguas del Mediterráneo y se reía porque una pequeña ola rompía a sus pies, otros niños se ahogaban en ese mismo mar.   Porque ellos nacieron en el lugar equivocado. Y sus padres, igual que haría yo, buscaban un lugar mejor o simplemente un lugar en el que poder vivir en paz.
Aylan tenía tres años, como Hugo, y se parecía tanto a él… 
Y vuelvo a sentirme horrorizada. Pero en esta ocasión puedo hacer algo. Mi conciencia ya no me permite seguir siendo espectadora.
Ya no.
No hace falta poner la foto del niño sirio. Ni de ningún otro.  Basta de morbo. Hagamos algo. Los gobiernos no hacen nada, pero nosotros podemos hacerlo.

Sí. Podemos.