jueves, 29 de octubre de 2015

El desafío



A todos los críos del barrio nos gustaba visitar a Aurora, una señorita de posibles. Era una mujer joven, menuda y vivaracha. Vivía con sus padres en una casa grande en la que imperaba el orden y el buen gusto. Nos gustaban las meriendas con las que nos obsequiaba, las historias que inventaba para entretenernos y los caramelos de menta que siempre nos daba cuando nos marchábamos. Luego estaban sus tetas. Grandes, redondas y, según yo imaginaba, tersas y firmes. Crecí con las ganas de sentirlas y acariciarlas.

A mi madre no le gustaba que fuera a casa de Aurora. “Es una puta” decía siempre. Cuando tuve la edad necesaria, me empleé como ayudante en una librería y mi primer jornal se lo llevé a Aurora: “Toma estos duros y déjame tocarte, mi madre dice que eres una puta” le dije con descaro. Ella fingió no haberme escuchado y me estrechó con afecto entre sus brazos. Por primera vez oí los latidos de su corazón y sentí sus pechos acariciando mi torso. A

Fue por entonces cuando tomé conciencia de que para mí, comenzaba un calvario.

Por ser diferente.

A la par que dejé de ver a Aurora, un sinfín de sacerdotes y doctores pasaron por mi vida. Los primeros se santiguaban y me mandaban rezar infinitos padrenuestros. Los segundos me diagnosticaron un síndrome extraño para el que me recetaron píldoras y cataplasmas varias.

Nada surtió efecto y mi vida se convirtió en un infierno. Mis padres me repudiaron y la soledad me golpeó de pleno.

Los años pasaron y una tarde me reencontré con Aurora. Sus padres habían muerto y al hablarle yo de mi situación, me invitó a vivir en su casa. No tuve que pensarlo demasiado, nunca la había olvidado.

Con el tiempo logré que el cariño que Aurora sentía por mí se transformara en amor. Convertimos nuestras vidas solitarias en días largos llenos de ilusión. Las noches, en cambio, se hacían cortas mientras descubríamos nuestros cuerpos.

Nos lapidaron, pero no nos importó. A nadie debíamos nada.

Desafiamos los convencionalismos sociales.

Dos mujeres viviendo en pecado.