sábado, 31 de octubre de 2015

Vuelta al hogar

Me sentía afortunado por contar con el amor de las dos mujeres de mi vida: mi madre y mi esposa. Ambas se entendían y se llevaban bien, como madre e hija. Así que cuando yo, debido a mi trabajo de pescador, debía ausentarme varias semanas, ellas se hacían mutua compañía.
Sucedió que debido a unos problemas derivados de los protocolos de pesca y a varias agresiones de los pescadores del país en que faenábamos, tardé más de dos meses en volver a casa.
Las comunicaciones entre mi país y  aquel en el que trabajaba eran nefastas, así que no pude avisar de mi regreso. Llegué una madrugada y ya en la puerta de casa percibí algo extraño. Una aldaba con un candado cruzaba la puerta de lado a lado. 
Desconcertado llamé a la puerta, pero nadie me abrió.
Golpeé la puerta con mis puños y pies y logré resquebrajar la madera de la puerta. Pero eso no era suficiente. No podía entrar.
Recordé que en el cobertizo donde guardaba las redes tenía una cizalla y hacia allí me dirigí. Con ella en la mano volví a casa y corté el candado.
No estaba preparado para lo que encontré.
No.
Mi madre estaba sentada en su mecedora, mirando al vacío. Y mi esposa…¡oh, mi esposa! Era tan solo un esqueleto.   La reconocí por las ropas que llevaba puestas y los jirones de su maltrecha melena rubia qué colgaban, como si fueran serpientes de la medusa,  de su calavera.
—Lo siento, hijo. Dijeron que teníamos el ébola y alguien nos encerró en casa —musitó mi madre.
— ¿Cómo es posible que mi esposa presente este estado? —me atreví a preguntar.
Y mi madre, con un hilo de voz, me contestó:
—Nos quedamos sin provisiones… y yo … tenía hambre…