viernes, 23 de octubre de 2015

Sintiendo el amor

Hacía calor y Celía se acercó a la laguna. Se sentó en su  orilla y observó a las aves  que allí vivían. Estilizadas, largas y hermosas. Libres. Respiró hondo y las envidió.
Miró a su alrededor y como casi siempre se sintió fuera de lugar. Diferente. Ella no era igual que las otras. No sentía ni creía lo mismo que ellas. Pero aun así, había cumplido con su deber. A veces, había pensado en abandonarlo todo. Sus padres habían muerto, no podrían ya reprocharle nada y poco la ataba a aquel lugar. Solo Silvia. Ella sí. Ella era algo suyo, al menos lo había sido mientras la había llevado en su vientre. Después había tenido que regalarla. Darla en adopción. 
Había amado a aquel hombre con una pasión que la sorprendió. No estaba preparada ni educada para ello. Se entregó a él  con la certeza de que no tenían futuro. Celia conocía de sobra su destino y lo que se esperaba ella, pero no quiso renunciar a conocer el amor carnal.
Con lo que no contaba era con quedarse embarazada, pero asumió su nuevo estado con estoicismo, dejó a su amante y siguió su camino. 
Nunca se había cuestionado si el acto de entregar a la niña en adopción había sido amoral. Desde el primer momento supo que tenía que hacerlo. Y lo hizo. Pero, desde entonces, un dolor agudo se había instalado en su corazón.
Divisó a Silvia con la mujer que la había criado. Las dos estaban cerca de la laguna e iban cargadas con sendas cestas repletas de huevos. Supuso que se dirigían al convento.
—Buenos días, hermana Celia. Se ha mojado el hábito. ¡La madre superiora la va a regañar! —dijo Silvia al llegar a su altura.
Reprimiendo una sonrisa y poniendo un gesto adusto en su cara, Celia se levantó de un salto.
—Voy a ser yo quien te regañe a ti, niña insolente —contestó.

¡Dios, cómo amaba a esa chiquilla!