domingo, 14 de febrero de 2016

Siempre quedarán las camelias



Para el concurso de San Valentín, del Círculo de Escritores



Blanca cerró los ojos y rememoró la pequeña escapada que había realizado para conocer la ruta de las camelias, un recorrido por Galicia a través de doce pazos y jardines. No era un gran sueño, pero era el suyo. Amante de las flores y las piedras nunca tuvo la oportunidad de realizarlo, hasta que se quedó viuda.

Se había embargado con el aroma de las camelias que poblaban los jardines y sentido protagonista de las leyendas de los pazos que visitó; pero sobre todo se había divertido con él, con Alejandro, el hombre que en solo cuatro días le enseñó el valor de las pequeñas cosas,

De lo importante.

Se habían conocido el primer día de viaje, durante el desayuno. Quedó prendada de su sonrisa. De la que le dedicó a ella. A Blanca. Ya no se separaron en todo el itinerario. ¡Qué llena de vida se había sentido entonces!

Un eructo la devolvió a la realidad. A su existencia. Blanca recogió la mesa, fregó los platos y tendió la ropa. Esa tarde iba a tocar plancha. Su hijo, Álvaro, recientemente divorciado, la observaba complacido, feliz de haber vuelto a casa.

Al poco tiempo, sonó el timbre de la puerta. Álvaro, no sin protestar, fue a abrir. Desde la cocina, Blanca escuchó voces y un portazo airado.

—¿Quién era? —preguntó.

—Nadie. Solo un hombre que preguntaba por ti, pero no te preocupes, ya lo he despachado —contestó Álvaro con insolencia.

Blanca miró por la ventana. Vio a un hombre que se alejaba. No podía creerlo, pero era él. Alejandro. Había ido a buscarla.

Corrió hacia la puerta y su hijo le increpó;

—¿Dónde vas?

Esta vez, Blanca no se mordió la lengua:

—Con él.

Y dejando a su hijo con la boca abierta corrió hacia la calle.

Hacia la vida.